viernes, 31 de octubre de 2014

Planteamiento del problema


La educación se ha definido de maneras distintas, pero la mayoría de ellas coinciden en que esta significa, además de hablar de ser un proceso de socialización, la necesidad de analizar continuamente los contenidos y métodos del aprendizaje. (Mayer, 1984).
De este último punto es importante comentar, que en Sinaloa tenemos una gran cantidad de maestros que no están capacitados para enseñar y para colmo de males en muchos casos enseñan poco. Debido a que muchas de las instituciones de educación superior practican la endogamia, contratando a sus egresados como profesores o empleados, por lo que se puede decir que son mecanismos que se retroalimentan sin importar la profesionalización y dominio que tengan de los contenidos. Como resultado, el impacto negativo de los maestros de bajo rendimiento es enorme, especialmente cuando de calidad educativa se habla. (Oppenheimer, 2010). A pesar de la situación que se genera, aún no tenemos una amplia y clara visión de que el problema de la calidad de la educación esta latente, pudiendo ser causa que una gran parte de los contenidos no se expone a la economía global. Motivo por el que las estadísticas según el Instituto Nacional de Estadística y Geografía nos muestran una tasa del 5.8% de egresados profesionistas  en Sinaloa se encuentra desempleados. Por tanto me atrevo a aseverar, que estamos olvidando que la estructura de la educación influye sobremanera sobre el sistema económico de un país (Oppenheimer, 2010).
Pero como bien menciona el destacado periodista Andrés Oppenheimer, “el primer paso para resolver el problema educativo es reconocer que existe y que le esta causando un enorme daño al país” (Oppenheimer, 2010).
Para nuestro caso, se reconoce que aún no se han presentado cambios notables en los contenidos y métodos de enseñanza, siendo que Finlandia y otros países de altos niveles académicos, tienen programas conjuntos con las mejores universidades del mundo, segundo,  se tiene una enorme presencia de profesores extranjeros y lo que es más importante, rigurosos sistemas de evaluación académica realizados por los principales expertos extranjeros en cada disciplina. Finalmente para medir la calidad educativa, los rankings toman en cuenta datos del Banco Mundial sobre el porcentaje de profesores universitarios con doctorados según los cuales en Gran Bretaña el 40% de los profesores universitarios tienen doctorado; en Brasil el 30%, en Argentina y enchile 12%, en Venezuela 6% y en México 3% (Oppenheimer, 2010). Finalmente de ese 3% correspondiente a México, considero que Sinaloa contribuye muy poco.

Como ya se ha argumentado anteriormente, y recordando al ilustre pensador español Juan Luis Vives (1492-1540) afirmó que: “el progreso de la educación depende de la metodología; además la instrucción debería empezar por lo sencillo y concreto.” En consecuencia, la evaluación de la calidad institucional (métodos y contenidos) es un elemento clave que ayuda a redondear la innovación académica, no sólo por las presiones a la certificación profesional o la acreditación institucional estándares internacionales de ejercicio profesional sino también por los efectos positivos que la evaluación de la calidad llega a tener en el desarrollo de una cultura de la autoevaluación y de la planeación colegiada.

Siendo este el panorama, las circunstancias demandan la imperiosa necesidad de analizar y conocer el impacto de los contenidos y métodos de enseñanza en la calidad de la educación superior en Sinaloa, a fin de elaborar un juicio equilibrado que diagnostique con claridad fortalezas y debilidades para evitar el juicio sumario negativo. Por tanto es el motivo del presente trabajo.

Antecedentes


Se argumenta que las instituciones de educación superior fueron creadas o nacieron por necesidades inmediatas de formación profesional, pero después de constituidas, y con el pasar de los siglos, el proceso natural de reflexión y de confrontación por parte de sus miembros, así como la conquista de privilegios que facilitaban el libre pensamiento, fueron transformando estas entidades en el ámbito más adecuado no sólo para conservar el saber consolidado sino también para criticarlo, transformarlo y producir saberes nuevos. Y es éste el modelo al cual han tendido, a veces como ideal inalcanzable, estas casas de estudio. (Lic. Luis Pedro Menacho Chiok, 8 de diciembre de 2011).

Los poderes dominantes, Estado e Iglesia, muy pronto fueron conscientes de estar en presencia de una institución que podía servir tanto a sus intereses como a los opuestos, y se inicia, y todavía continúa, una lucha entre quienes desean una Universidad al servicio del status quo o poder constituido, y quienes ven en ella “el único lugar del mundo donde se puede pensar con libertad”. (Alvaro Marín, 5 de diciembre de 2011).

Dicho lo anterior, tenemos que la génesis de las instituciones de educación superior se dio con el propósito de tratar de solventar o resolver los problemas que en la edad media enfrentaba la sociedad. Se dice, que el Papa trató de educar abogados para que defendieran sus intereses ante los avances de la secularización promovida por los monarcas, quienes a su vez propiciaron instituciones imperiales para generar eruditos laicos. Por ende en el período que va desde el primer liberalismo latinoamericano del siglo XIX hasta la época de José Vasconcelos, las instituciones de educación superior se transforman en “universidades de abogados”. (Steger, 1974).

En consecuencia, la historia  nos muestra que desde el nacimiento de las instituciones de educación superior del Medioevo, los contenidos y métodos de enseñanza de las mismas no centraban su interés en  la calidad educativa, sino simplemente fungían para dar respuesta a la necesidad de la Iglesia y la aristocracia. De la misma manera la planta docente no era sometida a ningún tipo de evaluación que dejara a la vista el nivel de profesionalización concentrada en cada uno de los formadores. Ni mucho menos con estrategias de evaluación a los programas de estudio. Pero si vemos una lucha larga, difícil y permanente, con avances parciales y retrocesos dolorosos, producto y reflejo de los antagonismos sociales.

En México la educación superior se instauró en el país a mediados del siglo XVI cuando, por cédula del Rey Carlos I de España, se estableció la Real y pontificia Universidad de México. En esta estudiarían los naturales e hijos de españoles todas las ciencias a imagen de la universidad de Salamanca. De acuerdo a ello, en el periodo del primer liberalismo latinoamericano del siglo XIX hasta la época de José Vasconcelos, se transforman en “universidades de abogados”, incorporando el antiguo ideal iluminista del estado docente. De esa fecha hasta los 70’s, se inicia del supuesto de que las universidades servían a la sociedad brindando educación a los jóvenes que ingresaban a sus aulas, preparándolos en las profesiones liberales sin condicionamientos adicionales, tomando en cuenta el entorno sociopolítico y económico. (Garritz, 1992)

Durante los años noventa, la educación superior en México intentó responder a los patrones internacionales y la dinámica de la economía, dado el proceso de globalización en el que se encontraba inmerso el país. De ahí que se atendieran los criterios de calidad y excelencia de la educación, sin descuidar la equidad y cobertura. Para dar cuenta de un mejor desempeño cualitativo se generalizaron y diversificaron los mecanismos de evaluación y acreditación. Aprovechando la crisis de la educación superior, el gobierno federal pudo intervenir y orientar los procesos de reforma y crear las condiciones para redefinir el marco de sus relaciones con las instituciones públicas.

Los  años noventa fueron los tiempos de impulso a la calidad y eficiencia del sistema de educación superior a través de políticas de diferenciación y evaluación. Sin duda, las universidades públicas, a lo largo del siglo XX, se constituyeron y consolidaron como el sector más importante de la educación superior en México: sus aportaciones a la movilidad social, sus contribuciones al desarrollo científico y tecnológico del país, su amplia aunque relativa preocupación por la difusión cultural, el número de alumnos egresados, etc., son sólo algunas de sus aportaciones invaluables.

Sin embargo, un conjunto de transformaciones combinadas, tanto del contexto como en las estructuras organizativas de las instituciones, fueron restringiendo sus contribuciones al desarrollo social del país y la fecha no hemos visto verdaderos cambios que lleven a la mejora de la calidad de la educación superior en México y nos pongan a la par de la educación del nivel de los países desarrollados, ya que la nuestra exige desesperadamente una reforma de los contenidos que le permitan a los egresados universitarios mayores oportunidades en su inserción al mercado de trabajo. Así como la necesidad de establecer políticas, normas, procedimientos e indicadores en el desempeño de la calidad académica de mejoramiento de la calidad de la enseñanza y de la investigación.

Sin duda, en México y Sinaloa existe amplio consenso acerca de la necesidad de llevar a cabo una profunda reforma de nuestro sistema de educación superior y un acuerdo respecto de su objeto: elevar la calidad de la educación con base en el estudio de los contenidos y métodos de enseñanza aplicados en este sector. Ya que las instituciones de nivel superior, son actores estelares de la nueva realidad, están sujetas a una crítica extendida entre los diversos actores sociales. Se soslaya que nuestras universidades y tecnológicos siguen siendo un elemento clave en el progreso y movilidad sociales. No olvidemos, que el avance del país se apoya en los profesionistas. Tampoco dejar de lado, la geométrica adecuación de la matrícula, con su consecuente necesidad de profesores de calidad e instituciones de excelente nivel educativo, que produzcan profesionistas de calidad. (Vicente López Portillo, 8 de diciembre de 2011).