Se argumenta que
las instituciones de educación superior fueron creadas o nacieron por
necesidades inmediatas de formación profesional, pero después de constituidas,
y con el pasar de los siglos, el proceso natural de reflexión y de
confrontación por parte de sus miembros, así como la conquista de privilegios
que facilitaban el libre pensamiento, fueron transformando estas entidades en
el ámbito más adecuado no sólo para conservar el saber consolidado sino también
para criticarlo, transformarlo y producir saberes nuevos. Y es éste el modelo
al cual han tendido, a veces como ideal inalcanzable, estas casas de estudio.
(Lic. Luis Pedro Menacho Chiok, 8 de diciembre de 2011).
Los poderes
dominantes, Estado e Iglesia, muy pronto fueron conscientes de estar en
presencia de una institución que podía servir tanto a sus intereses como a los
opuestos, y se inicia, y todavía continúa, una lucha entre quienes desean una
Universidad al servicio del status quo
o poder constituido, y quienes ven en ella “el único lugar del mundo donde se
puede pensar con libertad”. (Alvaro Marín, 5 de diciembre de 2011).
Dicho lo anterior,
tenemos que la
génesis de las instituciones de educación superior se dio con el propósito de
tratar de solventar o resolver los problemas que en la edad media enfrentaba la
sociedad. Se dice, que el Papa trató de educar abogados para que defendieran
sus intereses ante los avances de la secularización promovida por los monarcas,
quienes a su vez propiciaron instituciones imperiales para generar eruditos
laicos. Por ende en el período que va desde el primer liberalismo
latinoamericano del siglo XIX hasta la época de José Vasconcelos, las
instituciones de educación superior se transforman en “universidades de
abogados”. (Steger, 1974).
En
consecuencia, la historia nos muestra
que desde el nacimiento de las instituciones de educación superior del Medioevo,
los contenidos y métodos de enseñanza
de las mismas no centraban su interés en
la calidad educativa, sino simplemente fungían para dar respuesta a la
necesidad de la Iglesia y la aristocracia. De la misma manera la planta docente
no era sometida a ningún tipo de evaluación que dejara a la vista el nivel de
profesionalización concentrada en cada uno de los formadores. Ni mucho menos
con estrategias de evaluación a los programas de estudio. Pero si
vemos una lucha larga,
difícil y permanente, con avances parciales y retrocesos dolorosos, producto y
reflejo de los antagonismos sociales.
En México la
educación superior se instauró en el país a mediados del siglo XVI cuando, por
cédula del Rey Carlos I de España, se estableció la Real y pontificia
Universidad de México. En esta estudiarían los naturales e hijos de españoles
todas las ciencias a imagen de la universidad de Salamanca. De acuerdo a ello,
en el periodo del primer liberalismo latinoamericano del siglo XIX hasta la
época de José Vasconcelos, se transforman en “universidades de abogados”,
incorporando el antiguo ideal iluminista del estado docente. De esa fecha hasta
los 70’s, se inicia del supuesto de que las universidades servían a la sociedad
brindando educación a los jóvenes que ingresaban a sus aulas, preparándolos en
las profesiones liberales sin condicionamientos adicionales, tomando en cuenta el entorno sociopolítico y económico. (Garritz,
1992)
Durante los años noventa, la educación superior
en México intentó responder a los patrones internacionales y la dinámica de la
economía, dado el proceso de globalización en el que se encontraba inmerso el
país. De ahí que se atendieran los criterios de calidad y excelencia de la
educación, sin descuidar la equidad y cobertura. Para dar cuenta de un mejor
desempeño cualitativo se generalizaron y diversificaron los mecanismos de
evaluación y acreditación. Aprovechando la crisis de la educación superior, el
gobierno federal pudo intervenir y orientar los procesos de reforma y crear las
condiciones para redefinir el marco de sus relaciones con las instituciones públicas.
Los años noventa fueron los tiempos de impulso a
la calidad y eficiencia del sistema de educación superior a través de políticas
de diferenciación y evaluación. Sin duda, las universidades públicas, a lo
largo del siglo XX, se constituyeron y consolidaron como el sector más
importante de la educación superior en México: sus aportaciones a la movilidad
social, sus contribuciones al desarrollo científico y tecnológico del país, su
amplia aunque relativa preocupación por la difusión cultural, el número de alumnos
egresados, etc., son sólo algunas de sus aportaciones invaluables.
Sin embargo, un conjunto
de transformaciones combinadas, tanto del contexto como en las estructuras organizativas
de las instituciones, fueron restringiendo sus contribuciones al desarrollo
social del país y la fecha no hemos visto verdaderos cambios que lleven a la
mejora de la calidad de la educación superior en México y nos pongan a la par
de la educación del nivel de los países desarrollados, ya que la nuestra exige
desesperadamente una reforma de los
contenidos que le permitan a los egresados universitarios mayores
oportunidades en su inserción al mercado de trabajo. Así como la necesidad de
establecer políticas, normas, procedimientos e indicadores en el desempeño de
la calidad académica de mejoramiento de la calidad de la enseñanza y de la
investigación.
Sin duda, en México y Sinaloa
existe amplio consenso acerca de la necesidad de llevar a cabo una profunda
reforma de nuestro sistema de educación superior y un acuerdo respecto de su
objeto: elevar la calidad de la educación con base en el estudio de los
contenidos y métodos de enseñanza aplicados en este sector. Ya que las instituciones de nivel superior, son actores
estelares de la nueva realidad, están sujetas a una crítica extendida entre los
diversos actores sociales. Se soslaya que nuestras universidades y tecnológicos
siguen siendo un elemento clave en el progreso y movilidad sociales. No
olvidemos, que el avance del país se apoya en los profesionistas. Tampoco dejar
de lado, la geométrica adecuación de la matrícula, con su consecuente necesidad
de profesores de calidad e instituciones de excelente nivel educativo, que
produzcan profesionistas de calidad. (Vicente
López Portillo, 8 de diciembre de 2011).
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